
Debido a su ubicación geopolítica, en uno de los cuellos de botella más importantes del comercio mundial de energía -el estrecho de Ormuz, en el golfo Pérsico-, así como a sus enormes reservas de petróleo y gas, sus ambiciones políticas y su programa nuclear, Irán es considerado un actor central en Oriente Medio.
El país, de mayoría chií y con unos 93 millones de habitantes, es desde hace dos semanas escenario de protestas en todo el territorio nacional, que inicialmente fueron desencadenadas por la crisis económica y que entretanto se han transformado en una revuelta contra el régimen de Teherán. Oficialmente, el sistema autoritario de la República Islámica responsabiliza de las protestas a sus enemigos externos, en particular a Estados Unidos e Israel.
Sin embargo, para la cúpula dirigente parece más natural negociar con Estados Unidos que entablar un diálogo con su propia población. El presidente estadounidense, Donald Trump, declaró el 11 de enero de 2026 que Irán estaría dispuesto a iniciar negociaciones con Estados Unidos.
Desde la Revolución Islámica de 1979 y la posterior ocupación de la embajada estadounidense en Teherán, Irán y Estados Unidos no mantienen relaciones diplomáticas. Desde entonces, la relación bilateral ha estado marcada por enemistades ideológicas, sanciones, tensiones en materia de seguridad y el conflicto en torno al programa nuclear iraní.
"Creo que están cansados de ser golpeados por Estados Unidos", dijo Trump a periodistas a bordo del Air Force One. Su Gobierno estaría manteniendo conversaciones sobre un posible encuentro entre ambas partes.
Estados Unidos exige a Irán que suspenda por completo el enriquecimiento de uranio para su programa nuclear. Occidente acusa a Teherán de perseguir en secreto la construcción de una bomba atómica. Irán lo niega, aunque recientemente ha enriquecido uranio hasta un 60 por ciento. El programa nuclear iraní sigue siendo así un punto central de conflicto en las relaciones con Occidente.
Los países árabes vecinos del golfo Pérsico no son considerados aliados de la República Islámica, pero tienen un fuerte interés en la estabilidad regional y en evitar una escalada militar. Un ataque contra Irán conllevaría el riesgo de que Teherán respondiera con ataques contra bases militares estadounidenses en la región, de las cuales existen decenas en países vecinos.
"Antes de los acontecimientos actuales, los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo habían decidido aceptar a la República Islámica como una realidad política con la que había que lidiar", señala a DW Farzan Sabet.
Sabet es experto en política, con especialización en sanciones económicas y seguridad en Oriente Medio, en el Global Governance Centre del Geneva Graduate Institute.
Añade: "Más tarde, tras los acontecimientos de 2019, comenzaron a reforzar su propia capacidad militar y a profundizar sus relaciones estratégicas con aliados. Al mismo tiempo, querían impulsar la diplomacia y reducir las tensiones con Irán".
La rivalidad regional entre los dirigentes chiíes de Irán y la monarquía suní de Arabia Saudí por la hegemonía en Oriente Medio -entre otros escenarios en Siria, Irak y especialmente Yemen- se intensificó en 2019, después de que refinerías del gigante petrolero estatal saudí Aramco en Abqaiq y Khurais fueran atacadas con drones y misiles. Los ataques redujeron temporalmente a la mitad la producción petrolera saudí. Se responsabilizó a los rebeldes hutíes de Yemen, apoyados por Irán, aunque Teherán negó una implicación directa.
En los últimos años, Irán y Arabia Saudí han iniciado un cauteloso acercamiento con mediación de China. Ambos países son considerados socios comerciales importantes para Pekín, que depende de la estabilidad en Oriente Medio para asegurar su suministro energético.
Para Pekín, que ha ampliado de forma constante su influencia en Oriente Medio y continúa importando petróleo iraní barato pese a las sanciones estadounidenses, las protestas y las nuevas sanciones de EE. UU. no son una buena noticia.
Como aliados de la República Islámica, China y Rusia han criticado duramente el mecanismo de "snapback" activado en septiembre de 2025 por Estados Unidos y los países del E3 -Alemania, Francia y Reino Unido- para reimponer sanciones de la ONU contra Teherán, calificándolo de jurídicamente inadmisible. Estas sanciones habían sido levantadas en 2015 en el marco del acuerdo nuclear JCPOA entre Irán y las cinco potencias con derecho a veto en el Consejo de Seguridad, más Alemania.
Estados Unidos se retiró unilateralmente del acuerdo en 2018, bajo la presidencia de Trump, con el objetivo de lograr un pacto mejor. Ese objetivo sigue vigente para el mandatario estadounidense.
Quien más podría temer un Irán libre y democrático sería Rusia, bajo el presidente Vladimir Putin, considera el estratega energético y experto Umud Shokri, de la Universidad George Mason, en Fairfax, en el estado estadounidense de Virginia.
En declaraciones a DW, afirma: "Rusia tiene una gran influencia sobre el actual Gobierno de la República Islámica. No sería bueno para Moscú que llegara al poder un Gobierno que pusiera en peligro los intereses de Rusia en la región o en su política exterior".
Irán se encuentra entre los tres países con mayores reservas de petróleo del mundo y posee al mismo tiempo la segunda mayor reserva de gas natural a nivel global. "Si Irán logra atraer el capital y la tecnología necesarios y recuperar su cuota en el mercado energético una vez que se levanten las sanciones, la participación de otros países exportadores disminuirá gradualmente".
No obstante, Shokri cree que un Gobierno estable en Teherán, elegido democráticamente por el pueblo, podría redundar en beneficio de todos los demás países de la región. Eso significaría el fin de la política exterior intervencionista de la República Islámica de Irán, que afecta a todos los países de la región, quieran o no. DW (gg/ms)